La 6ª. Curso 1955/57
Hermano Fermín.



Nosotros somos de una generación que pasó por la escuela en la década de los años 50. Ahí están nuestras vivencias lasalianas más profundas...


 

 

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Gracias, querido Paco, por tus amables palabras, que sin duda gratifican y animan a ser mejor pregonero de estos cien años en Sanlúcar de una institución tan querida, la Escuela cristiana de La Salle, de saber condensar en mis palabras el gozo y el agradecimiento de tantos alumnos y antiguos alumnos a esta saga secular de excelentes maestros, personas dedicadas a educar voluntaria y, además gratuitamente desde el 31 de julio de 1905 hasta hoy 22 de enero de 2005.

Nosotros somos de una generación que pasó por la escuela en la década de los años 50. Ahí están nuestras vivencias lasalianas más profundas. Yo espero que otras generaciones también tengan la oportunidad de unirse a completar este pregón, desde sus experiencias concretas, que estoy seguro son iguales en la generosidad y espíritu cristiano de los hermanos sucesivos, aunque distintas en los tiempos, en los modos y en los métodos de enseñar.

¿Por qué me toca pregonar el Centenario de la llegada de los Hermanos de las Escuelas cristianas a Sanlúcar de Barrameda, el 31 de Julio de 1905?

Porque todo hombre contrae tres deudas al nacer: Una con el suelo que le dio Cuna,  Sanlúcar; otra con los padres que le dieron sangre; y otra, con los maestros que le dieron saber, los Hermanos de las Escuelas Cristianas.  Esto le decía Gabriela Mistral a una campesina que se había permitido menospreciar a la maestra de su hijo, en cuya alma se acopiaba más de la maestra que de su propia madre:

         Campesina ¿recuerdas que alguna vez prendiste

         Su nombre a un comentario brutal o baladí?

         Cien veces la miraste, ninguna vez la viste

         ¡y en el solar de tu hijo, de ella  hay más que de tí

                 

Por invitación del Hermano Director y de la Comisión del Centenario yo acepté la carga, que es honor, porque no creo que haya y exista un día en mi vida en que no me acuerde de los Hermanos: Cuando escribo con pluma la letra inglesa, cuando calculo sumas, restas, multiplicaciones y divisiones con rapidez y seguridad, cuando voy a los museos e iglesias y contemplo escenas de la Historia Sagrada, cuando escucho los evangelios , cuando llega el día 8 de diciembre, día de la Inmaculada, cuando declamaba:

“Llena de gracia te llamo

Porque la gracia te llena;

Si más te pudiera dar

Mucha más gracia te diera” (García Lorca)

 Me acuerdo de los Hermanos cuando contemplo la amanecida de un 15 de mayo, el día de San Juan Bautista, cuando oigo el compás y el afinamiento de un coro cantando el Ave verum corpus natum de Maria Virgine, cuando paso por el carril de San Diego, respiro, y subo la escalera del Hospital, toco el ombus del Castillo tan accesible en su copa para trepar niños y mayores, recorro el Albaicín, doy la vuelta a la Cruz del Pasaje, suave y alentador descenso, y enderezo por San Agustín; me acuerdo de los Hermanos cuando tengo que ser puntual a una clase en la Universidad, cuando enseño, cuando he preparado y planificado el trabajo y estudio para mis oposiciones al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, al Cuerpo de Profesores Titulares de Universidad, al Cuerpo de Catedráticos de Universidad... No se escapa un día en que no haya ese momento de recuerdo vital de mi paso por las manos de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Ellos:

“Me enseñaron a rezar,

enseñáronme a sentir,

y me enseñaron a amar

y como amar es sufrir

también aprendí a llorar” (Gabriel y Galán)

Yo, heraldo y portavoz del I Centenario de Lasalle en Sanlúcar, te pido, Padre Santo, Juan Bautista, hacedor de mis más puras ilusiones de niño, te ruego, me otorgues  poderío bastante, tiro de genio y serenidad a mis nervios casi desatados, que me ilumines con la luz clara, como la del cielo de la Calzada en esta atardecida de solsticio de invierno, casi con luz de Candelaria y procesión de la Virgen del Sudor, dame luz  para entender a una saga de educadores  y ritmo y son para cantarlos con la abundancia copiosa de verbos, la brillantez de voz y la cadencia dulce del ceceo de seda, que ellos merecen;  y para poder soltar el cante de Sanlúcar entera, la copla del amor que este pueblo ha sentido y siente por Los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

Yo, desde luego, no puedo cantar sino mi experiencia vital con la Institución, mis años jóvenes con ello, puedo cantar lo mucho bueno que conservo de ellos y puedo cantar, como historiador, el momento fundacional, de aquél 31 de julio de 1905, lunes en pleno verano de Sanlúcar.

 

LOS QUE EDUCAN A LOS NIÑOS BRILLARÁN PERPETUAMENTE EN EL FIRMAMENTO 

Este año centenario me acordaré cuando mire a las estrellas en la punta de la Calzada, en ese firmamento contemplado por entero, me acordaré del Hermano Fermín, del Hermano Javier, del Hermano Fortunato, del Hermano Marcelo, del Hermano Gabriel, del Hermano José, del Hermano Enrique... todos me enseñaron a ser justo, a ser exacto, a rezar, a respetar y amar a mis padres...

En esto de las estrellas y de los Hermanos ya un ángel del cielo predijo algo muy bello al gran Profeta Daniel:

Los que enseñaren a muchos la Justicia brillarán como estrellas en el firmamento por toda la eternidad, resplandecerán en medio de quienes adoctrinaron.

Hermanos y alumnos están resplandecientes como una constelación de estrellas en el terciopelo azul del cielo de Sanlúcar, junto a las olas y al río. Ya como un ángel lo cantó así Gabriela Mistral, poetisa y maestra de escuela:

                  “Los astros son ronda de niños

                  Jugando la tierra a espiar...

                  Los ríos son ronda de niños

                  Jugando a encontrarse en el mar.

                  Las olas son rondas de niños

                  Jugando la Tierra a abrazar,”

                  “Ojitos de las estrellas

                  Abiertos en un oscuro terciopelo

                  Prendidos en el sereno cielo

                  Ojitos de pestañitas inquietas”.

En el coto de Doñana, yo he visto luceros blancos que no se los lleva el agua del río. Eran el primer director, el Hermano Ebiciano, con los fundadores Hermanos Pacífico y Adelelmo, Amalio, Restituto, Frutos y Fructuoso. Eran nombres de burgaleses, montañeses, navarros, vascos...

Ahí mirando al Cielo de la otra Banda y a Ultramar, el firmamento de nuestra Sanlúcar, bañado en la brisa musical del Coto, en el olor a juncia, pino y sal, en la claridad salina de luna Llena, en el aire que alimenta la madre de la manzanilla, allí veo y miro a los Hermanos, allí están gozosos de sus 40.000 alumnos de Sanlúcar, que son lasalianos también, como los son y han sido sus hijos y nietos que han aprendido y admirado los modos lasalianos.

Entre estos alumnos están aquellos que un día, que los Hermanos iban a abandonar Sanlúcar,  no los dejaron irse, los retuvieron con lágrimas en los ojos, agarrados a las manos de sus padres. Y aquí están y estarán. Cada día, esos luceros, los Hermanos de Sanlúcar dejan luz en nuestro pueblo, un cabello de luz para sus alumnos, un cabello de inteligencia:

Los rayos cuentan al sol

Con un peine de marfil...

En la verde orilla

Del Guadalquivir.

Por solo un cabello el sol

De sus rayos diera mil

Solicitando envidioso

El que quedaba allí

En la verde orilla

Del Guadalquivir (Romance de Luis de Góngora)

El Hermano Fermín, el Hermano Pedro, el Hermano Marcelo, el Hermano Venancio, el Hermano Fortunato, el Hermano Javier, el Hermano Gabriel, el Hermano José, todos, son una constelación de estrellas que todas las noches se asoman a Sanlúcar, cuya bellísima naturaleza es sin dudas el sueño maravilloso de Dios.

 Es un momento celestial en la  atardecida, ver la luz del Sol, cansina ya por el Barrio Alto, cuando aminora sus reflejos en las cales de los muros de sus bodegas. Entonces ellos son esos luceros serenos y vivos,  la paz llueva largo sobre sus corazones ante el fulgor azul del crepúsculo de Sanlúcar, son las dulces luminarias de la obscurecida de  Sanlúcar,  son hoy las hoy dudosas y tintineantes estrellas del cielo de enero, a la luz de plata vieja de su luna creciente a llena.

Se bañan los Hermanos, hoy luceros,  en sus míticas brisas marinas, en sus caricias sagradas; en el ritmo y armonía de soleares y martinetes de pescadores y barqueros, en la gracia y sentimiento de artistas; en su aroma de vino y en el brillo de su uva, de su sal y de su mar, en la vibración de vuelos y alas de ánsares y gaviotas, en el Encaje de plata del agua de marea, y en la vista de   Bajo Guía, en su brújula marinera y en la persistencia tenaz de su broa. Los Hermanos educadores que brillan como luceros ven:

Como aquí, en esas aguas, todas las tardes,

imponente y majestuoso como un faraón

se para y se hunde el Sol.

Ven que aquí suelta sus caballos del chirriante carro,

El que recorre día a día, rato a rato,

El camino de Oriente hasta Occidente, de Levante a Poniente.

Aquí los libraban de sus arreos

guarnecidos de piedras preciosas

y bellísimos y airosos penachos. 

Aquí ven los Hermanos luceros

 ese bello atardecer

de último y tibio fuego del sol

y sus caballos, sueltos, recreándose por la playa,

trotan a halagar al Astro Divino; 

y a jugar con sus bellos caballos,

una tropa de ninfas,

que saltan del río

a agasajarlo con copas y  ánforas

de frescor de agua de las Piletas y las Minas. 

Y ven los Hermanos luceros,

al Sol agradecido,

que se despide del Río y de sus damas ninfas, 

se para un ratito en el horizonte,

se refleja en los corrales de la Jara,

cubre el cielo

con púrpura de rosales de violento llamear,

y cubre al mar con telas de oro. 

Los Hermanos, día a día, tarde a tarde,

ven expirar

al sol bello entre claveles

que manda descolgar

las telas de oro y doseles,

todo el arte, toda la gracia

la esconde en el mar.

Y vienen los luceros

A ver y contemplar.

 

Aquéllos Hermanos, luceros de la tarde en el momento más íntimo y bello de este pueblo, se embelesan en el platónico y atlántido equilibrio de la genuina armonía de esta tierra contradictoria y melliza de río y mar, tierra de abra y broa, puerto de arenas y rompientes, océano de pleamar y bajamar que mimosamente cada doce horas riega fértiles navazos en arenosas dunas desde el castillo del Espíritu Santo hasta Bonanza,

Se embelesan los Hermanos en el agua rizada  y agua serena,  en el paisaje de viña y huerta, en la marina de hoteles de verano y chocines de pagos en la campiña.  Sanlúcar es el paraíso, la luz de Dios,

"donde las altas estrellas,

con silencio se mueven,

y a gemir no se atreven,

las verdes y sonoras palmeras,

POR NO HACER RUIDO

AL BETIS QUE ENTRE JUNCIAS,

VA DORMIDO". (Góngora)

Es el silencio de vida y luz, la vida y luz que los Hermanos hacen e hicieron aliento y alma de sus escuelas,

Es el silencio fértil y fructífero, el silencio donde sólo habla la inteligencia, el silencio de la presencia de Dios, el silencio lasaliano hecho sanluqueño.


 

EL LUNES 31 DE JULIO DE 1905

Ese día llegaron los Hermanos en tren, humeante y tronante desde Jerez, a la estación del Barrio Alto. Pisaron el barro de Monteolivete:

“Qué hermosos sobre los montes, los pies del mensajero que anuncia el bien” (Isaías, 52,7)

Los buenos hermanos eran mensajeros de los que durante un siglo esparcerían bien a voleo, como una lluvia suave y constante; los tiernos niños, moldeables como la cera, recibían el bien con gratitud como esponjas secas de sabiduría, que asimilaban como una viña agostada recibe las primeras lluvias de otoño.

Su llegada fue un espectáculo nuevo en el paisanaje de Sanlúcar: Vestían sotana negra, sin pliegues, sin botones, sólo con unos corchetes de alambre, con sombrero, manteo negro, alzacuello y babero de dos tablas, blancos, almidonados, impresionantes en su golondrino contraste. Hasta 1931 los baberos fueron de tela, luego de celuloide por obra del progreso material de la Revolución industrial.

Eran aquellos Hermanos corazones de fuego, bajo el recio almidón de su pechera. Pobreza, sencillez, pero un gran espíritu como mejor joya:

         “El maestro era pobre. Su reino no es humano

         (Así en el doloroso sembrador de Israel).

         Vestía sayas negras, no enjoyaba su mano

         ¡Y era todo su espíritu un inmenso joyel! “(Gabriela Mistral)

Una tarde de verano, la de aquel lunes 31 de julio, con brisa de poniente, con olor a frutas en sazón y a hierba seca, con recuas de mulos y borricos cargados de serones rebosantes de melones, sandías, calabazas, perillos, membrillos, ciruelas, acerolas, ... para el mercado del martes.

El esplendor fructífero de los campos, huertas y navazos de la fértil Sanlúcar aparecía en una caravana de frutos por calles, callejones, carriles y cuestas.

Sanlúcar en 1905 era en verano más deliciosa que ahora, era más fresca y era más deleitosa. Porque entonces estaba rodeada de amenísimas huertas y poseía en su línea central de población, en el pie de la barranca, magníficos jardines con abundante vegetación, bálsamo y frescor y fuente de vida. La temperatura máxima que se observaba, según la guía oficial de ese año 1905, era 28 grados, a excepción del Levante que la ponía en 32ª

Sintieron por primera vez el olor embriagador de las criaderas y soleras de las bodegas del Barrio Alto, de la catedral del vino, la Arboledilla, un signo de identidad único en Sanlúcar.

Los nardos ya rompían en los bardos junto a la alberca de la Huerta de la Cruz: las madreselvas y las damas de noche embriagaron sus sentidos, hechos al humo y carbonilla de un trayecto largo de tren, desde Madrid, Alcázar de San Juan, Santa Cruz de Mudela, Almuradiel, Despeñaperros,  desde los olivos de Jaen, olivos en muchedumbre que anuncian la riqueza de Andalucía, desde Córdoba, Peñaflor, Los Rosales, desde Sevilla con 40 grados en la plenitud de la Velá de Santa Ana, desde los campos y dehesas de Utrera, desde las marismas de Lebrija y las albarizas espléndidas de los viñedos de Jerez y Sanlúcar con la uva listán torciendo y venciendo ya los sarmientos. El tren correo paró en la Alcubilla a las 19 horas y un minuto; en las Tablas, a las 19,23; en Sanlúcar a 20,06 y en Bonanza, a las 20,15. El billete de Jerez a Sanlúcar (29 kilómetros) costaba 3,75 pesetas en primera clase, 2,40 en segunda clase, y 1,60 en tercera.

Desde 1877, hacía 27 años, Sanlúcar se comunicaba por ferrocarril. En ese mes de Julio de 1905 se había concluido la espléndida avenida de la Estación, con sus hileras de plátanos, con sus dos pilares y columnas y con la carretera nueva, nueva desde ese mismo año 1905, con su circuito sobre tejares y pinos del Picacho.

Por cierto, casi cuatro meses después, el Director de la Compañía Trenes Andaluces concedió a los Hermanos viajar en tren a mitad de precio. No obstante en 1905 en la temporada de verano increíblemente se ponían precios más económicos que en el invierno para que los forasteros acudieran a disfrutar el clima y la belleza de Sanlúcar.

Allí en la estación los recoge en una calesa, tirada por caballos, don Francisco Picazo, propietario y hacendado de Sanlúcar. Juntos recorren la Avenida de la Estación, encauzan por calle Santa Brígida, con sus patios emparrados, geranios de olor y de granates pompones, gatos en posturas de sosiego en balcones, cierros y casa puertas, ramitos de jazmines y abaniqueos en las mujeres sentadas en las aceras.

Se ensancha la calle de San Agustín, la calle Ancha de la Puerta de Jerez, con casonas grandes y balcones hermosos tapados con persianas verdes y lienzos de esparto, con vaharadas de manzanilla y olor a serrín en las tabernas y bodeguitas donde alternan los hombres, hombres de campo, mayetos,  con niños jugando a los bolindres y huesos de amascos entre chinos y aceras...

Por fin, vuelta en la Plaza de Jerez, calle Comisario, y entrada a la calle  Trabajadero, calle por la que pasaba el arroyo de los Abades, llegan a una casona grande, la número 8, una casa que se arruinaría en el año 1926,veintiún años después.

Sonaba, aquel 31 de Julio, en el barrio bajo, un  franciscano repique de campana, el del convento de clarisas de Regina. Se estaba en vísperas de Nuestra Señora de los Ángeles, el próximo día 2 de Agosto, cuando la Iglesia de Regina, única vez al año, abría sus dos puertas, para ganar el Jubileo de la Porciúncula, entrando por una y saliendo por otra. He ahí porque esta iglesia tiene dos puertas. Eran los momentos previos a:

“La noche plateada, las hortensias

el susurro del agua, los quejidos

del búho, el rubio trigo

y el amor en las eras,

las Pléyades muy altas, y las hojas

enrojecidas de las vides”. (José Jiménez Lozano)

En Sanlúcar el censo de población de hecho el día 31 de diciembre de 1904, era de 23.883 entre residentes y transeúntes: 11.820 varones y 12.063 hembras.

Sanlúcar recuperaba todavía ese año sus viñedos albarizas, de barros, de arena y de bugeo de la filoxera: El hongo que redujo la manzanilla de 24.000 botas a 500 hacía pocos años.

En este verano de Sanlúcar, ya desde el día del Carmen del pasado 1900, se corrían toros en la nueva Plaza del Pino: Toros sanluqueños de Otaolarruchi criados en el Cortijo de Alventus.

Nuestra Calzada empezaba a ser el prodigio urbanístico del siglo XX, una foto única, con su albero regado, sus hileras de palmeras sólidas e invencibles al viento de levante y con sus moreras puntuales siempre en marcar el cambio de estaciones: podadas en invierno, cargadas de hojas verdes para los gusanos de seda en primavera, regadas de moras dulces por San Antonio, y de hojas de oro viejo, caídas y arremolinadas por los Santos en Otoño.

 En 1900 se había ensanchado este gran paseo tras desmontar las dunas, tapiar con publicidad de manzanilla los navazos y llenar sus laterales con bellos chalets modernistas cargados de buganvillas, madreselvas y jazmines.

Este gran paseo se inauguró en 1901 con una procesión de la Virgen del Carmen, que ese año llegó por primera vez hasta la playa. Se llamó Calzada de la Reina Mercedes. Luego sería de la República y, por fin, del Ejercito, pero para los sanluqueños, La Calzada.

Aquel lunes, 31 de julio, seguramente la Banda Municipal, cuyo músico mayor era Don Mateo Alba Rodríguez, profesor de piano y violín, tocó pasodobles y marchas militares, con sabor a los últimos de Cuba y Filipinas, en el tablao de la Calzada. Paseaban los veraneantes con sombrero y de punta en blanco.

Ya, desde 1903, se construía la avenida de los Hoteles desde Bajo de Guía hasta las Piletas. Recorrido obligado para los que iban a Bajo de Guía a montarse en el vaporcito diario, destino a Sevilla, un medio de transporte casi secular. Vapor que sucedía a galeras y tartanas que hacía dos siglos había cantado Lope de Vega:

“Vienen de Sanlúcar

rompiendo el agua

a la Torre del Oro

barcos de plata” (Lope de Vega)

En la Plaza al final de la Calzada, desde 1844, hacía 60 años, el Ayuntamiento para facilitar el baño de mar, en el lado hacia debajo de Guía, para las mujeres, colocaba diez barracas o casetas transportables; y en el lado hacia las Piletas, dos para desnudarse los hombres. Más lejos, por las Piletas, estaba la caseta de los matrimonios. Se cobraba un real. Verano alegre y puritano, aquél de 1905, el de la llegada de los Hermanos.

Los Hermanos en su primera salida por la Calzada vieron el tranvía de sangre, tirado por mulas y caballos, y arrastrado sobre raíles, que desde la plaza de la Aduana iba en un recorrido de 700 metros hasta la punta de la Calzada. Los autobuses de motores de explosión no llegarían a Sanlúcar hasta el año 1922.

Sin motores nuestro pueblo era un remanso de silencio que sólo rompían las sirenas de los barcos y el pitido intenso de las llegadas de los trenes. Sólo también sonidos suaves de cascabeles de recuas y arrieros y traqueteo de ruedas sobre piso de chinos.

Ya, en ese 1905, desde hacía dos años, por una Real orden, las fuentes de las Piletas estaban declaradas de “utilidad pública”. ¡Aquélla agua verdosa y ferruginosa con sabor a tinta de escribir! Ya tenían Las Piletas su plazoleta, las estatuas de ninfas mitológicas, la hermosa glorieta, los bancos de mampostería, los vasos de vidrio limpios como el jaspe, y los puestos de altramuces, alcatufas, acerolas, gamboas y membrillos. Ya era un jardín de delicias, un oásis al que peregrinaban los sanluqueños por las arenas, tras atravesar la arena seca y tórrida de la playa.

Los Hermanos salían todos los jueves de paseo, y muchas veces bajarían por la calle Almonte y la Calzada de la Infanta a beber aquel agua medicinal, que por aquellos años Torcuato Luca de Tena embotellaba para transportarla a su casa.

“Nada más bello, sanluqueños,

que nuestras huertas frondosas,

jardines, bosques y ríos

y claras fuentes sonoras.

Edén de los elegidos

Es nuestra tierra dichosa,

Si a mi arbitrio lo dejasen

No viviría yo en otra.

El infierno no temáis

Ni sus penas espantosas

Que no es posible el infierno

Cuando se vive en la gloria” (Ben Jafacha ,1058-1139)

En 1905 estaba muy reciente el ferrocarril de vapor llamado el Tren de la Costa, que hacía su recorrido hasta el Puerto de Santa María, pasando por Chipiona y Rota, tren que era una magnífica atalaya en movimiento para admirar las amenidades y frondosidades de las Piletas, de  la Jara y de la Ballena, sitios donde había un apeadero. Era dueña de este ferrocarril una compañía belga titulada “Caminos vecinales en Andalucía”

Al arreglar la Calzada con sus cunitas y tíos vivos, con los tablaos de música, con sus tómbolas, con sus terrazas modernistas de casinos, el veraneo ya tenía en Sanlúcar un comienzo y un final oficiales, desde el 16 de Julio hasta el 15 de Septiembre.

 Aunque sabemos que los niños primeros que entraron en la Escuela de la calle Trabajadero, aquel 1905, comenzaron sus clases el día 7 de Septiembre, miércoles, día en que yo también las inicié allá por los años 1950, 1851 y 1952.

Seguramente, la calle Trabajadero se iluminaría esa primera noche de los Hermanos en Sanlúcar, como todos los días, por una farola de aceite, con panillas y torcidas, y un hombre del Ayuntamiento que la encendía, la apagaba y la reponía.

En otras calles principales de Sanlúcar desde un 23 de mayo de 1883, hacían 22 años, el alumbrado ya era por gas, canalizado desde una fábrica, con caldera, establecida por una compañía franco belga, en el Mazacote o antigua Almona del Jabón de Sanlúcar. Los vecinos pagaban la luz de gas en las calles a quince céntimos la hora por lámpara. Este sistema desapareció de Sanlúcar en 1914.

Porque en el carnaval de 1898, el año de la pérdida de Cuba y Filipinas, se colocaron los dos primeros focos eléctricos en la Plaza del Cabildo, junto con una lamparita en el reloj del Ayuntamiento. Por tanto, ya había llegado la electricidad. Por eso en 1904, un año antes de la la venida de los Hermanos, se colocaron en la Calzada 30 postes de hierro, 15 a un lado y 15 a otro, con arcos voltaicos, que incandescentes iluminaban ese lunes 31 de julio de 1905 y alargaban los paseos al relente fresco de la mar.

Con la luz electrica ya algunos particulares veían cine. El primer cine público, “Los amigos del Arte” se tuvo en 1917, en un cocherón de la Estación de Ferrocarril de la Costa.

En ese año de 1905, un niño Lucas Pérez, tenía 4 años. Ya correteaba por la espléndida y recién estrenada Calzada. Lucas fue el primer niño nacido en el siglo XX, nacido el 1º de Enero de 1901. El Ayuntamiento de Sanlúcar le había concedido un premio “en conmemoración del paso trascendental de un nuevo siglo, lleno de esperanzas para las generaciones presentes, deseoso de que este ayuntamiento realice un acto solemnísimo en beneficio de un hijo de la ciudad, como recuerdo de haber inaugurado con su nacimiento el próximo y venidero y nuevo siglo XX:  Las condiciones eran nacer el primero, ponerse Lucas o Caridad; el premio 15 pesetas mensuales hasta que terminase una Carrera.

El 1º de Agosto de 1905, martes, los Hermanos ya pudieron poner un telegrama a sus superiores para comunicar su feliz llegada a Sanlúcar. Sanlúcar desde hacía medio siglo ya teníamos aquí telégrafo. Sin embargo, en ese año, sólo existía comunicación telefónica con Chipiona.

 La comunicación interurbana con Jerez, Madrid o Sevilla no se estableció hasta 1912, y los teléfonos públicos no llegaron hasta 1920. Maravilloso invento en aquel entonces: transmitir la voz por un cable. Por ello los niños que nos educamos en la Escuela de los Hermanos escribíamos una y otra vez, en el cuaderno de Método de Caligrafía Inglesa: “Graham Bell inventó el teléfono” y nunca olvidamos la respuesta en los concursos y crucigramas.

Las visitas protocolarias de los Hermanos al Alcalde, al Infante, a los Capuchinos y el anuncio de la llegada de los Hermanos la misa del lunes en la iglesia de las Descalzas, seguramente fue tema de conversación en el Casino Sanluqueño, situado en la casa número 5 de la Calle San Juan, que también tenía instalada un terraza fija en la Calzada.

Ese mismo año de 1905, en febrero, se había fundado un nuevo casino, el Casino Republicano en la calle Santo Domingo número 22, con diversas clases para el fomento de la instrucción de sus socios e hijos en los diversos ramos del saber humano. No pudo, por tanto, dejar de hablarse de estos ya prestigiosos y conocidos educadores.

El periódico “La Voz de Sanlúcar” hizo una crónica de un mitin republicano allá por el 14 de junio de 1909, en el que un joven médico profirió:

“Se ven las escuelas públicas vacías, mientras las de los Hermanos de la Doctrina rebosan gente”

En cuatro años, las cuatro clases de la casa de Trabajadero rebosaban de niños. Por eso lamentaba el republicano en su mitín la culpa de las madres de familia:

“No se hallan aquí presentes muchas mujeres porque ellas son las que deben abrir los sentidos para no ser juguetes del clero”.

En medio de esos progresos tecnológicos, en esos primeros años del siglo XX la cifra de niños en edad escolar era en España de 3.794.952 y de ellos 2.177.628 carecen de escuela. Es decir de cada 100 niños, unos 60 carecían de escuela a la que ir, aunque en Andalucía y Sanlúcar esa cifra se disparaba a 80.

Sanlúcar contaba en 1905 con dos colegios de segunda enseñanza, incorporados al Instituto de Jerez de la Frontera, el de las Escuelas Pías, aquí en el convento de San Francisco, y otro el  de la calle Santo Domingo número 66, bajo la batuta de dos Licenciados en Filosofía y Letras.

Existían además, ese año, siete escuelas públicas de niños, tres de varones, tres `para hembras, y un parvulario. En el Barrio Alto sólo estaban, una de niños y otra de niñas, en la calle Escuelas En el Barrio Bajo se repartían las otras en la calle la Mar, llamada en 1905, Infanta Doña Paz, en el callejón del Carmen, en la calle San Juan 38, en Trasbolsa 16 y la de párvulos en Regina 27, el parvulario de Doña Pura y Doña Carolina, según me cuenta mi madre. Como Colegios particulares ya estaban la Huerta Grande y la Divina Pastora. Lamentable y curiosamente cada colegio público sólo contaba con un director y un maestro auxiliar. Sanlúcar necesitaba a los Hermanos.

Ante esa situación es importante decir aquí y ahora que los Hermanos dedicaron esfuerzos mínimos a los hijos de la clase media, que estaban prácticamente escolarizados por la Iglesia católica.

Los Hermanos buscaron y encontraron la clase más necesitada de educación, sin mirar ideologías políticas o sociales de sus padres. La clase proletaria recibió con agrado el servicio,  y reconoció la ternura hacia sus hijos, que iban con gusto y diligentes todas las mañanas al colegio.

El periódico “La voz de Sanlúcar” en 1907, dos años desde la fundación daba este impresionante testimonio:

“Deseamos a esta nueva fundación toda clase de prosperidades y sobre todo la bendición del cielo a los Hermanos a cuya custodia está hoy la educación de la mayor parte de los niños de la ciudad de Sanlúcar”

Poco les importó a los Hermanos si lo agradecían o no. Ahí en esa generosidad educativa estaba su vida y su vocación. Y Sanlúcar lo agradeció, los retuvo y los protegió cuando nuestra guerra incivil del siglo XX. Sanlúcar como una sola España, guardó a los Hermanos a los que aquí no se les heló el corazón:

“Españolito que vienes

al mundo, te guarde Dios,

una de las dos españas

ha de helarte el corazón” (Antonio Machado) 


 

DON FRANCISCO PICAZO NÚÑEZ

Este rico y generoso hombre regaló a Sanlúcar el privilegio de tener una Escuela gratuita, dotada de unos maestros magníficos, adorados por sus alumnos, los Hermanos, cuyo único sentido de vida era educar a los más pobres.

La educación es un ser que se sustancia y añade en el otro ser que nos dan nuestros padres. Tenemos padres biológicos y padres educadores. No en vano el latino “educare” significa tanto “criar, nutrir, proteger, como enseñar”.

También el verbo “educere” significa “extraer, hacer salir” las cualidades ocultas que la biología nos dío y es preciso que alguien las haga salir. Los educadores nos forman hábitos, modos de vida, organizan nuestra personalidad y nos abren al desarrollo de la personalidad.

Francisco Picazo, que vivió primero en una gran casa en el Pozo Amarguillo, cerca de la calle Trabajadero,  fue también el que en 1884 había construido una plaza de toros, donde se hacían espectáculos de caballos y toretes. La ubicó en la calle Molinillos. Se fabricó con material procedente de otra plaza del Puerto de Santa María y por eso se llamó de la Victoria.

En el último año del siglo XIX, en 1900 instituyó un fonda popular con cocinas económicas y ropa para los pobres. Estaba en el carril de San Diego, a la altura del Picacho. Ya Don Francisco vivía en la hermosa casa de la calle Caridad, número 2, la que fue de nuestro historiador Juan Pedro Velásquez Gaztelu.

Cuando funda y dota económicamente, en 1905, la Escuela del Sagrado Corazón de Sanlúcar, ya conocía la labor educativa del arco lasaliano que se había formado en las costas gaditanas, en las escuelas de la Viña y la Mirandilla, en Cádiz; de San José y el Sagrado Corazón, bajo el patrocinio de Domeq en Jerez y en Puerto Real. Sanlúcar hacía el número 85 de la fundación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en España. Un año antes en 1904 habían sido expulsados de Francia

En 1909, cuatro años después de la fundación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, el señor Picazo también instituyó las Hermanitas de la Cruz para educar huérfanas y cuidar enfermos.

La generosidad de un hombre funda y vertebra la permanencia de su memoria. En este centenario es obligado acordarse de él: ¡Gracias Francisco Picazo, tu también eres una estrella de Sanlucar, del Luciferi Phanum, del Faro de Sanlúcar.

Murió este protector de los Hermanos, el día de San Pedro del año 1911 y en el cortejo de su entierro fueron los niños de las cuatro clases que entonces constituían la escuela de Trabajadero.

En 1927,  otro bienhechor, el Conde de Bustillo costea un edificio nuevo en la calle de San Agustín, dotada con 6 clases o grados, con unos 400 alumnos, que se inaugura el 25 de octubre de 1930.

En 1968 las seis clases ya resultaban escasas para la demanda. Los Padres de Familia se lanzan a modernizar el actual edificio del Convento de San Francisco mediante rifas mensuales de un coche, donativos de cuotas...

 
 

LOS HERMANOS DE LAS ESCUELAS CRISTIANAS

Fundados en Francia por un canónigo, de familia noble, Juan Bautista, de nombre, y La Salle de apellidos. Era natural de Reims, la ciudad del champán.

Nació en 1650, dos años después de la muerte de Renée Descartes, el filósofo de la razón, el filósofo de las matemáticas, del cálculo, del álgebra, materias en que los lasalianos han sido eficaces y brillantes maestros. San Juan Bautista de la Salle es un pionero de la modernidad educativa.

Juan Bautista de la Salle era un místico de la educación a los más pobres y necesitados pero también un organizador racional y metódico. Los Hermanos han sido y son una Compañía metódica y pionera encauzada a hacer niños cristianos y niños capaces de enfrentarse con el mundo, con el comercio, con la industria y con la agricultura.

En la calle Trabajadero, luego en San Agustín, y por fin, en San Francisco los Hermanos, día a día, mes a mes, año a año han hecho esto:

A las cinco y treinta de la madrugada, al canto del gallo en la aurora, una esquila o una campanilla o un toque de palmas, los despertaba, a la voz de un “Viva Jesús en nuestros corazones”. Respondían desde la cama, despertando y saltando: “Por siempre”. El canto del gallo era un sonido familiar y despertador en las amanecidas de la Sanlúcar campera, el quiquiriquí que cantaba Rosalía de Castro en Galicia:

Cantan los gallos el día

Yérguete mi bien y parte,

¿Cómo partir queridiña

como partir y dejarte?

Con quinqués de petróleo, sin agua corriente, muchos años, con jarrones de fonda se lavaban. De las seis a la siete horas rezaban colectivamente, leían en voz alta el calendario y programa del día y meditaban unos puntos redactados por su santo fundador. Meditaban cosas tan admirables como éstas, que les decía su santo fundador, un frío día de Diciembre, un día de San Nicolás, en la fría capillita de la calle Trabajadero:

“Vosotros tenéis obligación de instruir a los hijos de los pobres.

Por tanto debéis abrigar para con ellos particularísimos sentimientos de ternura

Y procurar su bien intelectual cuanto os fuere posible

Por considerarlos como los miembros de Jesucristo

y sus predilectos. (Meditación del día de San Nicolás de Bari)

El día frío y gélido de Navidad ante la cueva y el portal de Belén, en su sencilla capillita, mientras Sanlúcar dormía de la Nochebuena, esto pensaban y rondaba en sus mentes, el secreto de su éxito en Sanlúcar:

“Somos Hermanos pobres,

poco conocidos y estimados por la gente del siglo.

Sólo los pobres vienen a buscarnos,

Mas ellos no tienen presente alguno que hacernos,

Fuera de sus corazones,

Dispuestos a recibir nuestras enseñanzas”

El día 31 de diciembre, el día de fin de año, el día del resumen de los 365 días, cada Hermano oía una pregunta y una respuesta :

¿No habéis aceptado algo que os hayan los niños ofrecido?

Ya sabéis que tal cosa en ningún caso os está permitida,

Pues si cayerais en dicha falta,

Nuestra escuela dejaría de ser gratuita.

Debéis dar clase gratuitamente.

Esto es esencial a vuestro instituto”

Terminada esta Meditación salían a Misa, pasaban por la Puerta de Jerez, la plaza de los jornaleros, donde cada mañana esperaban el jornal los padres de sus alumnos, los podaores, cavaores, sarmentaores, ahoyaores, hojalateros, estereros, arrieros, alfareros, trasegadores, galafates, hiladores, marineros, aguadores, cocheros,  arrumbadores, muleros de serones, espuertas, esportones y capachos.

Era también la hora que las parejas de barcos pequeños salian a pescar fuera de la barra, para regresar por la tarde y vender el pescado en la playa.

Sonaban en ese amanecer los tres toques de Misa, el latido de bronce de Sanlúcar, sus campanas. Iban los Hermanos a misa de 7 en la iglesia de las Descalzas o en la Parroquia de la O, dos lugares entrañables de Sanlúcar, junto a los jardines del Palacio Ducal y del Palacio de Orleáns, una muestra exquisita de la floresta del lugar:

Que por mayo era por mayo,

Cuando hace calor,

Cuando los trigos encañan

Y están los campos en flor,

Cuando canta la canta la calandria

Y responde el ruiseñor,

Cuando los enamorados

Van a servir el amor. (Romancero viejo)

“Torres de Sanlúcar

cigueñas al sol

En los trigales amapolas

En los zarzales blanca flor

Y en el festín de las mariposas

Acude el negro abejarrón

Torres de Sanlúcar

Cigüeñas al sol.

Luego, tras la misa, volvían a la calle Trabajaderos, a desayunar a las 8,30, les preparaba el desayuno un sirviente, que cobraba al mes 60 pesetas en esos años fundacionales. Durante el desayuno silencioso, los hermanos se turnaban en leer libros sobre educación, uno leía, otros escuchaban: La Guía de las Escuelas y las Doce Virtudes del Buen Maestro. Hasta al desayunar su única preocupación era la educación.

Tenían prohibido fumar. Todo era silencio en su vida íntima, pero después de comer y cenar tenían recreo en común. Por la tarde, cuando terminaban, en una Sala común, se dedicaban diariamente a corregir los cuadernos de los niños, con lo cual cada semana ponían nota en un Boletín que puntualmente debían firmar los padres.

Los jueves por la tarde la comunidad salía de paseo, en una larga caminata, sin vehículo, con los manteos y sombreros, iban todos en comunidad: Un día a la Jara, otro a Bonanza, otro a Capuchinos, otro a Bajo de Guía.

Andando, andando

Que quiero ver cada grano

De la arena que voy pisando.

Andando, andando.

¡Qué dulce entrada en mi campo,

noche inmensa que vas bajando?

(Juan Ramón Jiménez)

A las 9 de la mañana los niños al son de una campana los niños nos poníamos en fila de dos, clase por clase, de la sexta a la primera, y se cantaba el Himno Nacional antes de entrar en clase.

¿A dónde van los colegiales

Que al son de una campanita

Unos entran y otros salen?

Salíamos a la una, en fila de, por una de las aceras, unos hasta la Puerta de Jerez, y otros hasta la Cruz del Pasaje, bajo la atenta mirada de un Hermano que cuidaba del orden en la calle.

Las clases eran silencio. Una señal de madera de boj, bien torneada, con una lengüeta, pala o clavija, en una especie de morse gobernaba los movimientos de la clase. Sus chasquidos marcaban el silencio y la voz de los alumnos, las correcciones, la aprobación y la reprobación o la duda y oportunidad.

A su chasquido los encargados de puerta, de la tiza, de la tinta, de recoger los cuadernos, y de bajar las persianas, actuaban como un regimiento bien organizado. Las palabras, las necesarias, las demás sobraban. Los Hermanos hablaban lo estrictamente necesario: un chasquido y un encogimiento de hombros callaba a un alumno.

La referencia a Dios era constante. En los cuartos y menos cuartos de cada hora, sonaba una suave campanilla, se paraba la clase por unos segundos, para recordar que estábamos en la presencia de Dios y emitir una breve jaculatoria, que nos hacía más religiosos y más cristianos y con más capacidad para obrar en libertad:

“Mézclame de vez en cuando

En tu trabajo requiebros

Y jaculatorias breves

Que lo perfumen de incienso.

Ni el rezo estorba el trabajo,

Ni el trabajo el rezo”.

(José María Pemán)

En Matemáticas, Álgebra y Gramática, el Hermano resolvía un ejercicio tipo. Luego cada alumno por sí mismo hacia diez ejercicios de lo mismo en su cuaderno, se corregían en la pizarra o en el cuaderno. Los hermanos corregían con tinta roja, buena letra y buenos números.

Da gusto ver sus correcciones. Luego tras éstos, otros diez y otros diez ejercicios, en el curso y en vacaciones, en casa y en clases, siempre corregidos y punteados. Unos antes, otros después aprendíamos matemáticas, regla de tres, quebrados, problemas de sistema métrico...

En Caligrafía se seguía un método con cuadernos litografiados, progresivos del 1 al 10, según la dificultad. Se comenzaba con los palotes y la letra inglesa, tan popular en nuestro marco vinatero de Jerez, el Puerto y Sanlúcar. Luego venían la letra redondilla francesa y la gótica, con plumas bien tajadas y buena reserva de tinta.

Los cuadernos se repetían en casa y en clase, una y otra vez, hasta que salían perfectas y admirables en nuestra edad. Hoy todavía se conoce la escritura de los alumnos de los Hermanos en las bodegas, en los comercios, en los carteles de los bares y en los bancos, en los libros inventarios, libros mayores, libros diarios y libros de caja que figuran en los archivos de las bodegas y casas comerciales a lo largo de toda la bahía de Cádiz, desde Chiclana hasta Sanlúcar.

Se cultivaba mucho la lectura en voz alta, con constancia diaria y con copiados de la lectura. Se declamaba muchas poesías clásicas y de la literatura española. Los niños de la calle Trabajadero, procedentes de un barrio humilde y trabajador consiguen en 1922 un Diploma de Honor por su participación en unos Juegos florales. Seguró que se recitó:

“Con cien cañones por banda,

viento en popa a toda vela,

no corta el mar, sino vuela,

un velero bergantín:

 bajel pirata que llaman

por su bravura el Temido,

en todo el mar conocido

del uno al otro confín. 

La luna en el mar riela,

Y en la lona gime el viento,

Y alza en blando movimiento

Olas de plata y azul; 

Y va el capitán pirata,

Cantando alegre en la popa,

Asia a un lado, al otro Europa,

Y allá en su frente Estambul:

...

Que es mi barco mi tesoro,

Que es mi dios la libertad,

Mi ley la fuerza y el viento,

Mi única patria la mar.

(José de Espronceda)

Se cultivaban los coros de voces blancas entre los alumnos más afinados de tono, que además participaban con los frailes capuchinos, de procedencia vasca y navarra, en los espléndidos coros de voces mixtas para solemnidades importantes. Por las calles Trabajadero y San Agustín han corrido bellas melodías acompañadas de armonio.

Yo escucho las coplas

De viejas cadencias

Que los niños cantan

En las tardes lentas

Y vierten en coro

Sus almas que sueñan

Cual vierten sus aguas

Las fuentes de piedra

Con monotonías

De risas eternas

...

Cantaban los niños

Canciones ingenuas

De un algo que pasa

Y que nunca llega

 (Antonio Machado)

Se aprendía la geografía con mapas parlantes y mapas mudos, que se repartían por grupos rotatorios. Llegamos a memorizar las provincias y sus capitales, los ríos y sus afluentes, los cabos y golfos, los sistemas montañosos y la altura de los principales picos (Veleta, Mulhacén...)

Los libros, hechos por los Hermanos, no tenían otro autor que un tal G.M.Bruño. El producto de su venta era para cooperar en la obra de las escuelas gratuitas: balones, pelotas de frontón, bancas, tinta, premios, diplomas...

Eran libros muy didácticos, prácticos y económicos, aparte de ligeros para llevar y transportar desde el barrio bajo al alto. Libros prestigiosos eran el Curso elemental de teneduría de libros, Lecciones de Gramática española, una obra magnífica, Lecturas científicas amenas, Contabilidad y práctica contables, Tesoro de Conocimientos útiles... y el Valentín o el niño bien educado.

El incentivo, además de las notas semanales, eran unos vales de colores y con sentencias de urbanidad, evangélicas y humanas. No eran para el más listo o el más bueno, sino para el que progresaba aunque fuera un paso. Los vales individuales proporcionaban mejorar las malas notas, el regaliz Zara y la libranza de castigos. Se perdían o ganaban por faltas o ausencias de retrasos, de silencio, de urbanidad y limpieza.

Había unos vales colectivos a la clase. Cuando se llegaba a cincuenta, la clase iba de excursión un viernes por la tarde, a jugar al balón en la Jara, entre los eucaliptus, o a un campo entre Sanlúcar y Bonanza, donde también iban los seminaristas del Seminario Menor de la diócesis de Sevilla.

Los vales valorizaban mucho facetas humanas como eran la higiene personal, la urbanidad y los modales, la memoria y la voluntad y constancia. Urbanidad, higiene, cálculo, ortografía... día a día empapaban a los niños como una esponja, como las absorbentes albarizas, siempre frescas y nunca apelmazadas, pero sin resquicios, producen en Sanlúcar las uvas listán, mantuó, uva de Rey, mollar negro y cano, albillos, abejera, tintilla, garabatona, beba, calona, moscateles, tamorlana y otras. Educación como la manzanilla, pura, única y sin rival, exquisita al paladar, perfumada de aroma singular.

Memoria ejercitada a ultranza, de la que presumo todavía, en los campeonatos de catecismo de Jerónimo de Ripalda, de la Compañía de Jesús. Alrededor de la clase, un alumno contestaba la respuesta y él mismo hacía la pregunta a otro y así vuelta a vuelta, el que no respondía se ponía el último:

·       ¿Decid, niños, cómo os llamáis?

·       Responda su nombre: Pedro, Juan, Francisco, etc.

·       ¿Sois cristianos?

·       Sí por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo.

·       Qué quiere decir cristiano?

·       Hombre que tiene la fe de Cristo que profesó en el Bautismo.

Éramos capaces de definir a Dios una y otra vez, por eso lo recuerdo:

·       Dijisteis que el primero es creer en Dios ¿qué entendéis vos por Dios?

·       Es un señor infinitamente bueno, sabio, poderoso, principio y fin de todas las cosas.

Para mí, con nueve años, lo más difícil de memorizar fue el Misterio de la Encarnación. Yo sé lo que celebro cada vez que el 25 de Marzo es el día de la Encarnación y también sé interpretar los azules y oros  de la Anunciación del Giotto:

·       Decid el misterio de la Encarnación

·       Vino el Arcángel San Gabriel a anunciar a nuestra Señora la Virgen María que el Verbo divino tomaría carne en sus entrañas sin detrimento de su virginal pureza; y luego el Espíritu Santo formó de la sangre purísima de la Virgen un cuerpo de un niño perfectísimo; y criando un alma nobilísima, la infundió en aquel cuerpo; y en el mismo instante el hijo de Dios se unió a aquel cuerpo y alma racional, quedando, sin dejar de ser Dios hecho hombre verdadero.

·       ¿Cómo pudo nacer de Madre Virgen?

·       Sobrenatural y milagrosamente, como fue concebido.

·       ¿De qué manera fue eso?

·       Saliendo del vientre de la virgen, como el rayo de sol por el cristal, sin romperlo ni mancharlo.

Las impresionante capilla de Ánimas de la Parroquia mayor y los impresionantes ángeles portalámparas de Santo Domingo tenían para mí el sentido de estas dos definiciones:

·       Qué cosa es gloria?

·       El conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno

·       Qué cosa es infierno?

·       El conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno

También el Catecismo nos decía qué nos dañaba en una frase para mí curiosísima y que resume una época y unas definiciones asombrosas:

·       ¿Y qué cosas nos dañan?

·       Costumbres y ocasiones malas, poca devoción y sobrada confianza.

·       ¿Qué cosa es avaricia?

·       Apetito desordenado de hacienda

·       Qué cosa es envidia?

·       Tristeza del bien ajeno.

 

En 1942 los Hermanos compran un traje a un niño campeón del Concurso de Catecismo Ripalda.

Todos los años venía un Hermano Visitador durante 3 o 5 días al año. Los niños esos días íbamos endomingados.  El Hermano Visitador era pródigo en vales por buenas notas, por llevar escapulario de la Virgen del Carmen, por llevar un rosario, por tener los cuadernos más limpios. Miraba si todos los cuadernos estaban bien corregidos.

En nuestra Escuela los Hermanos no enseñaban latín. San Juan Bautista de la Salle dejó bien claro en las Reglas o Constituciones de los Hermanos:

“No enseñarán latín a quienquiera que sea, ni en casa ni fuera de ella. No habrá libros en latín en las comunidades. Los Hermanos que lo sepan al ingresar, no lo utilizarán nunca”

Simplemente San Juan Bautista de la Salle pretendía que los Hermanos fueran siempre laicos, no clérigos; y así mantuvieran siempre un servicio educativo exclusivo y dedicado preferentemente a las clases populares. Este es un secreto clave de la operatoria de estos Hermanos que hoy homenajeamos.

Organizaban grandes Festivales ginnásticos en la Plaza de Toros o en el Patio del Colegio: En la primera parte se hacía una exhibición de mecanografía, introducida y generalizada en España desde 1900; en la segunda parte se hacían carreras de sacos, bicicleta lenta, ejercicios de equilibrio, carreras de cintas; y la tercera parte eran tablas gimnásticas de gimnasia sueca.

En fin, no quiero cansarles, pero estas fueron mis entrañables y positivas experiencias con los Hermanos de la Salle.


 

CONCLUSIÓN

Los Hermanos, educadores ejercientes la paternidad de muchos sanluqueños, han merecido siempre un recuerdo entrañable de sus antiguos alumnos. Merecen por ello este bello fandango de nuestra tierra y de nuestro modo de querer y de nuestro modo de siempre recordar:

“Reza por mí tos los días

me dijo mi padre un día.

Reza por mí tos los días.

Un día se me olvidó,

Fue cuando te conocí,

Pero Dios me perdonó.

Queremos y recordamos a  los Hermanos porque fueron un manantial generoso y Piletas inagotable de urbanidad y humanidad, porque fueron generosos como la Madrona de agua, filón de oro del Pago de las Minas, que  todavía en 1905 saciaba la sed de Sanlúcar en las fuentes de la Plaza de San Francisco, Banda de la Playa, Plaza de San Roque, ^Plaza de la Victoria, Plaza de la Reina Cristina, Pozo Amarguillo y Cava del Castillo.

Los queremos y recordamos porque fueron fuertes y constantes en su entrega generosa como la es y lo ha sido la  piedra de Juan Pul en la Barra de Sanlúcar. Fueron los Hermanos un concierto de saberes y virtudes, un concierto secular y sinfónico como los del bronce de  las campanas de la O, Santo Domingo, Descalzas, Madre Dios, Regina, Capuchinos, Carmen, San Blas y San Antón.

Han sido la Fuente vieja, madrona inagotable de la misericordia  con los pobres del espárrago y el caracol,  han sido fuente para una juventud preparada para asumir con competencia los retos de la vida. Curaron y curan la ignorancia, la humana y la religiosa, como  cura y sana la marea de Sanlúcar: marea alimentada del flujo del agua dulce del río, que  flota sobre la salada y en el reflujo van confundidas la dulce y la salada, el río y el mar.

Los Hermanos se hicieron sanluqueños porque se embriagaron con los alientos también muy generosos, alientos de coto, de juncia, lentisco, romero y marisma, y cargados de encantos, se enamoraron de Sanlúcar, glorieta de nardos, néctar del azahar, perfume de dama de noche, vaharada de resina de incienso y  manojito de jazmín.

Se asentaron aquí, por un siglo, en  la acrópolis y atalaya sobre el mar y el Guadalquivir, en el fanal y templo del lucero, en la sublime cumbre del monte. Subieron y bajaron muchas veces calles abigarradas, de antiguos edificios adornadas, se fatigaron en sus cuestas empinadas y hoy o mañana están y estarán en la altura de sus luceros. 

Contemplaron los cierros y balcones en el laberíntico, pero sereno, Barrio Alto, gozaron las escalinatas y mirador de Belén, vivieron el bullicio en Trinidad, San Jorge, en la ruidosa Ancha y conocieron la siempre silenciosa San Juan. Y este es el prodigio de Sanlúcar. Aquí en este terreno creció la sementera de Los Hermanos.

Amaron el supremo requiebro de sus cantares camperos y marineros. Admiraron el pétalo de la dulzura de su floresta permanente de invierno a otoño, Vieron el sol naciente y esperanzador de las lomas de Martín Miguel, y el candilazo del sol en bajamar de la Jara , reflejado en los corrales de la Jara.

Plenos los Hermanos de esta generosidad sanluqueña siempre vivieron estos versos:

Toma, Sanlúcar, de lo mío

Cuanto quieras para ti

Que cuando salga de aquí

Para ganarme otra vida

Sólo tendré lo que dí

(José Mª Pemán).

Y siempre rezaron cada noche, hasta su muerte esta bellísima oración de la solidaridad y generosidad:

Apacenté los hijos ajenos, colmé el troje

Con los trigos divinos, y sólo a Ti espero.

¡Padre nuestro que estás en los cielos! Recoge

mi cabeza mendiga, si en esta noche muero

(Gabriela Mistral)

 

Dame el ser más madre que las madres

Para poder amar y defender

Como ellas lo que no es carne de mis carnes.

Dame que alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto

Y a dejarle en ella clavada mi mas penetrante melodía para cuando

mis labios no canten más

(Gabriela Mistral)

El poeta Publio Virgilio Marón, conocido por Virgilio, en el siglo anterior al Nacimiento de Jesucristo hacía la mejor descripción plástica de la generosidad, en un latín musical sin más acompañamiento de música que el que dan las vocales y consonantes, las átonas y las tónicas.

Definió y pintó Virgilio para siempre el arte de dar lana para que otros se abriguen, el arte de cosechar  uva y frutas para que otros la consuman, las artes de crear dulce miel y abrigado nido para que otros lo disfruten. Definió así desde el campo y la naturaleza lo que es y ha sido la vida de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, la verdad manifiesta de La Salle, dar trigo, lana, nido y miel sin recibir, educar gratuitamente y con calidad:

·        Sic vos non vobis vellera fertis oves,

·        Sic vos non vobis fertis aratra boves

·        Sic vos non vobis nidificatis aves

·        Sic vos non vobis mellificatis apes

o       Siempre vosotras, no para vosotras, las ovejas lleváis las lanas,

o       Siempre vosotros, no para vosotros, los bueyes arrastráis los arados.

o       Siempre vosotras, no para vosotras, las aves edificáis nidos

o       Siempre vosotras, no para vosotras, las abejas libáis la miel

Los Hermanos de la Salle en Sanlúcar, como las ovejas, los bueyes, las aves y las abejas, son y fueron de naturaleza generosos, ríos de mieles caudalosos, siempre lo dieron todo, nada tomaron para ellos, fueron ellos, no para ellos. Dieron y dan su obra a Sanlúcar, como las madres dan a luz sus hijos: restando sangre y vida de su propio corazón.

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Hermano Director y miembros de la Comisión del Centenario, enfrascados en la venta de papeletas para la rifa del coche.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hermano Marcelo
Curso 1955/56



Me acordaré del Hermano Fermín, del Hermano Javier, del Hermano Fortunato, del Hermano Marcelo, del Hermano Gabriel, del Hermano José, del Hermano Enrique... todos me enseñaron a ser justo, a ser exacto, a rezar, a respetar y amar a mis padres...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Se bañan los Hermanos, hoy luceros,  en sus míticas brisas marinas, en sus caricias sagradas...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Océano de pleamar y bajamar que mimosamente cada doce horas riega fértiles navazos en arenosas dunas desde el castillo del Espíritu Santo hasta Bonanza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Se ensancha la calle de San Agustín, la calle Ancha de la Puerta de Jerez, con casonas grandes y balcones hermosos tapados con persianas verdes y lienzos de esparto...

 

 

Año Población Hombres Mujeres
       
1787 14.840    
1842 16.861    
1860 19.943    
1877 21.937    
1887 22.446    
1897 23.198    
1900 23.747 11.722 12.025
1910 22.331 11.120 11.211
1920 27.150 13.649 13.501
1930 26.926 13.454 13.472
1940 33.208 16.152 17.056
1950 35.517 17.441 18.076
1960 40.684 20.062 20.622
1970 41.913    
1981 48.390 24.249 24.141
1991 56.006 28.028 27.978
2001 60.254 30.074 30.180
2003 63.308 31.151 31.157

Población de Sanlúcar desde el año 1787

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Nuestra Calzada empezaba a ser el prodigio urbanístico del siglo XX, una foto única, con su albero regado...

 

 

 

 

Ya, desde 1903, se construía la avenida de los Hoteles desde Bajo de Guía hasta las Piletas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 En este verano de Sanlúcar, ya desde el día del Carmen del pasado 1900, se corrían toros en la nueva Plaza del Pino: Toros sanluqueños de Otaolarruchi criados en el Cortijo de Alventus.

 

 

 

 

 

Ya era un jardín de delicias, un oásis al que peregrinaban los sanluqueños por las arenas, tras atravesar la arena seca y tórrida de la playa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En cuatro años, las cuatro clases de la casa de Trabajadero rebosaban de niños

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En 1909, cuatro años después de la fundación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, el señor Picazo también instituyó las Hermanitas de la Cruz para educar huérfanas y cuidar enfermos.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Memoria ejercitada a ultranza, de la que presumo todavía, en los campeonatos de catecismo...